Palabras clave: MEDICINA DEPORTIVA/HISTORIA/DOPING/POLITICA DEPORTIVA

Título: El desarrollo de la medicina deportiva

Título Original: The Development of Sports Medicine

Autor: Waddington, Ivan

Centro de Investigación del Deporte y la Sociedad en el Departamento de Sociología de la Universidad de Leicester 

Traductor: Marialina Pérez Alvarez

Fuente: Sociology of Sport Journal, Illinois,  1996, No. 13, pág. 176-196,  Human Kinetics Publishers Inc.

Resumen: El desarrollo de la medicina deportiva se puede concebir como un período que involucra los procesos de medicalización y la gradual competitividad en el deporte moderno. También se sugiere que la progresiva vinculación de los médicos del deporte con la búsqueda del triunfo en los campeonatos los ha inducido no solo a desarrollar técnicas psicológicas y mecanizadas más avanzadas; sino también a formar parte activa de la ejecución en la búsqueda de mejores medicamentos y técnicas que favorezcan dicho desempeño. Este argumento se desarrolla a través de tres casos de estudio: la relación entre la medicina deportiva y el uso de sustancias estimulantes en algunos de los antiguos países comunistas de Europa oriental; el temprano desarrollo de los esteroides anabolizantes en Estados Unidos; y la difusión del dopaje de sangre.

Texto completo:

La estructura de la competencia deportiva cambió rápidamente a partir del período posterior a la Segunda Guerra Mundial, desde finales de la década de 1950 hasta principios de 1960. Los sociólogos han analizado exhaustivamente varios aspectos importantes de estos cambios como son la creciente profesionalización y comercialización del deporte y la cambiante relación entre este último y los medios de comunicación. Sin embargo, a otros procesos igualmente significativos no se les ha prestado una debida atención, como es el caso del desarrollo de la medicina deportiva. Hobberman (1992, pág. 4) destacó la importancia de esta ciencia para las competencias de deportes modernos cuando sugirió: “todo el proceso del deporte de élite se comprende mejor considerándolo un capítulo en la historia de la investigación médica aplicada dentro del desarrollo biológico humano”. El hecho de que el desarrollo de la medicina deportiva ha recibido poca atención por parte de sociólogos y médicos del deporte puede resultar sorprendente. El objetivo de esta investigación es contribuir, de forma modesta, a cubrir esta deficiencia, ofreciendo una perspectiva sociológica preliminar sobre algunos de los procesos involucrados en el desarrollo de la medicina deportiva.

La presente investigación no pretende realizar un análisis abarcador de todos los aspectos de esta especialidad, pues es evidente que un artículo no ofrece la suficiente cobertura para tal tarea, sino centrarse en dos problemas interrelacionados.

La primera parte del trabajo describe el desarrollo de la medicina deportiva en el siglo xx y sugiere que muchos aspectos del mismo se pueden comprender en términos de una circunstancia que incluye, por una parte, procesos de medicalización, y por otra la creciente competitividad de los deportes modernos.

En la segunda parte, se exploran algunos aspectos de la relación entre el perfeccionamiento de la medicina deportiva y el progreso y uso de técnicas y fármacos para mejorar el rendimiento.

Aunque algunos autores han sugerido que los orígenes de la medicina deportiva pueden remontarse a los antiguos griegos y romanos (Academia Estadounidense de Cirujanos Ortopédicos, 1984; McIntosh 1976; Percy, 1983; Ryan, 1989), su desarrollo tal y como lo conocemos hoy ––la aplicación más o menos sistemática de los principios de la medicina y la ciencia al estudio del desempeño deportivo y la institucionalización de esta práctica en forma de asociaciones profesionales, centros investigativos, conferencias científicas y publicaciones periódicas–– es más propiamente contemplado como un desarrollo de finales de los siglos xix y xx. Según Ryan (1989, p. 3) el término medicina deportiva pudo haberse usado por primera vez para describir un área de investigación y práctica clínica centrada en el desempeño de los atletas en febrero de 1928, cuando dos médicos que participaban en los Segundos Juegos Olímpicos de Invierno en St. Moritz, Suiza concertaron un encuentro de facultativos participantes con los equipos de las diferentes naciones en competencia. Fue allí donde se creó la Asociación Internacional Médico-Deportiva (AIMS) ––por sus siglas en francés––, cambiando este nombre en 1934 por el de Federación Internacional de Medicina del Deporte (FIMS)–– por sus siglas en francés–– con el cual se ha mantenido (Tittel y Knuttgten, 1988, pp. 7-8).

Quizás Alemania sea el país con la mayor tradición en medicina deportiva de toda Europa. La primera escuela deportiva del mundo ––que incluía un currículo en medicina deportiva–– se fundó en Berlín en 1920; y la primera revista de medicina deportiva en el mundo se fundó en 1924 por la Asociación Alemana de Médicos para la Promoción de la Cultura Física (Hoberman 1992, p. 219). No ha de resultar sorprendente entonces que el primer libro en emplear el término medicina deportiva en su título fuera alemán: Grundriss der Sportsmedizin, del Dr. F. Herxheimer ––publicado en 1933. Luego, el primer libro en inglés en emplear este término fue Sports Medicine, de J. G. P. Williams ––publicado en 1962 (Ryan, 1989, p.4).

La evolución de la medicina deportiva tuvo una particular aceleración a partir del inicio de la década de 1950. En Gran Bretaña, la creación de la Asociación Británica de Deporte y Medicina (BASM) ––por sus siglas en inglés–– fundada en 1953 por Sir Adolphe Abrahams y Sir Arthur Porrit ––luego Lord–– fue un avance significativo en este campo. Actualmente, la BASM trabaja en colaboración con el Instituto Nacional de Medicina del Deporte del Reino Unido, fundado en 1992 a partir del antiguo Instituto de Medicina del Deporte de Londres. El Colegio Norteamericano de Medicina del Deporte se fundó en los Estados Unidos en 1954. En ese mismo año, la Asociación Norteamericana de Medicina designó un comité ad hoc de lesiones deportivas, que luego se convirtió en comité permanente con el nombre de Comité de Aspectos Médicos del Deporte. Otro avance significativo en este país fue el establecimiento del Comité de Medicina del Deporte y de la Academia Norteamericana de Cirujanos Ortopédicos en 1962, así como la creación de la Sociedad Norteamericana de Ortopedia para la Medicina del Deporte en 1975 (Ryan, 1989, pp. 17-18). La Academia Norteamericana de Pediatría y la Academia Norteamericana de Médicos de Familia también crearon comités de medicina deportiva.

Desde hace 30 años aproximadamente, muchos países han establecido organizaciones nacionales relacionadas con la medicina deportiva, y un buen número de ellas se ha afiliado a la FIMS, la cual en 1983 reunía 83 estados miembro (Hollman, 1989, p. 5) y que además ha alentado a la formación de agrupaciones de medicina deportiva basados en criterios regionales y lingüísticos, dentro de los cuales se incluyen la Confederación Panamericana de Medicina del Deporte, el Consejo Noroccidental de Medicina del Deporte, la Agrupación Latina de Medicina del Deporte, la Unión Balcánica de la FIMS, la Confederación Asiática de Medicina del Deporte, la Federación Árabe de Medicina del Deporte, la Unión Africana de Medicina del Deporte, y la Sociedad Mediterránea de Medicina del Deporte (Tittel & Knuttgen, 1988, p. 11).

La progresiva importancia de la medicina deportiva como esfera práctica se evidenció aún más cuando en 1981 la Asociación Mundial de Medicina redactó un código de práctica para los médicos involucrados en este campo (MacLatchie, 1986, pp. 22-24).

En la actualidad, la medicina deportiva está reconocida dentro de la medicina moderna y los profesionales de este campo ocupan un lugar importante en la esfera del deporte. Sin embargo, aún no existe un examen sociológico adecuado y sistemático sobre la evolución de esta especialidad, pues el estudio de su desarrollo se ha ignorado por largo tiempo. Los sociólogos se han centrado en un área específica: el uso ilícito de fármacos por parte de los atletas para aumentar el rendimiento (Bryson, 1990; Coackley, 1994; Lüschen, n.d.; Waddington & Murphy, 1992). Entonces, ¿cómo realizar un análisis sociológico de un fenómeno que ha significado un paso  trascendental en del mundo de la medicina y del deporte?

Para comprender el desarrollo de la medicina deportiva es necesario analizar no solo la cambiante estructura del deporte y de las competencias deportivas, sino también contextualizarla dentro de los cambios que existen en la estructura de una sociedad más amplia y, más particularmente, en la estructura de la práctica médica moderna. En este sentido, el proceso de medicalización ha tenido particular importancia.

Medicalización de la vida

En un influyente ensayo publicado en 1972, Irving Zola expresó que en las sociedades industriales modernas la medicina se estaba convirtiendo en una importante institución de control social. Añadió además que este proceso mayormente insidioso y con frecuencia poco dramático estaba asociado a la “medicalización” de gran parte de la vida cotidiana, fenómeno que implica que la expresión “hacer medicina” y los términos “saludable” y “enfermo” sean relevantes para una faceta de la existencia humana siempre en aumento (Zola 1972, p. 487). Este proceso incluye además una amplia gama y número de afecciones humanas que constituyen “problemas médicos”, expresión que, una vez catalogada, justifica una intervención médica.

Zola cita cuatro de estos problemas: el envejecimiento, la adicción a las drogas, el alcoholismo, y el embarazo; de los cuales el primero y el último se consideraban procesos normales y los restantes manías humanas. En la actualidad, esta concepción ha cambiado y han surgido especialidades médicas para lidiar con estas dificultades, lo que ha tenido como consecuencia el aumento considerable de la cantidad de personas necesitadas de este tipo de atención. Un proceso similar ocurrió como resultado del avance de la medicina “integral” y psicosomática, la cual ha ampliado el área que trata la comprensión, tratamiento y prevención de enfermedades. El desarrollo de la medicina preventiva, en particular, ha justificado el incremento de las acciones médicas para cambiar el estilo de vida de las personas, ya sea con respecto a la dieta, el sueño, el trabajo, las relaciones conyugales, la práctica de ejercicio, el hábito de fumar, el consumo de alcohol, o en otras esferas como la conducción segura de vehículos y la fluoración de los recursos hidráulicos. El tema de la medicalización de la vida ha sido abordado por varios autores, por ejemplo Waitzkin y Waterman, quienes ofrecieron un análisis de este proceso basándose en lo que ellos denominaron “imperialismo médico” (1974, pp. 86-89). Sin embargo, tal vez la tesis más famosa acerca de este tema fue concebida por Ivan Ilich, quien asume que la medicalización de la vida está asociada a un número de procesos interrelacionados que incluyen la gradual dependencia de los cuidados profesionales y las drogas, así como la medicalización de la prevención y de las expectativas de personas no expertas en la materia. Una de las consecuencias de este proceso ha sido la creación de las “mayorías de pacientes”, pues, según Ilich (1975, p.56), “aquellos que no están dentro de las categorías de la terapia orientada se han convertido en una excepción”. Se considera que una gran cantidad de personas requieren atención médica rutinaria, no porque presenten alguna patología definida sino “por el simple hecho de ser no natos, recién nacidos, infantes, estar en el climaterio, o ser ancianos “(Ilich, 1975, p. 44). En otras palabras, el campo de la medicina es tan amplio que, como expresó de Swaan (1988, p.243) “solo existen los pacientes y los no pacientes aún”. Es importante destacar en el presente trabajo que, particularmente alrededor de las 3 últimas décadas, el proceso de medicalización ha estado estrechamente asociado al deporte; en el mismo ha sido fundamental el acelerado desarrollo de la medicina deportiva, especialmente a partir de la década de 1950. Los destacados médicos británicos J.G.P William & Sperryn  (1976, p. ix)  definieron esta última como un campo multidisciplinario e integrador que comprende las áreas más importantes de la medicina clínica (traumatología del deporte, medicina del deporte, y psiquiatría del deporte), así como las disciplinas científicas asociadas (incluyendo fisiología, psicología, y biomecánica).

Algunos de los procesos involucrados en la medicalización del deporte ––en particular una ideología que justifica la intensificación de la labor médica–– se pueden  ilustrar por referencia de libros de textos en esta materia. Por ejemplo,  esta ideología se expresa claramente en libros británicos sobre este campo como son: Sports Medicine, de J.G.P Williams, publicado en 1962. Tal vez por ser uno de los primeros  textos británicos en esta materia, Williams sintió la necesidad de establecer la legitimidad de la medicina deportiva. En este sentido, algunos de los comentarios introductorios del libro pueden considerarse como un manifiesto a favor de los profesionales de esta especialidad. Williams además argumenta sobre la diversidad y la intensidad de las competencias deportivas modernas que han “surgido de un nuevo tipo de persona dentro de la gran masa poblacional ––el atleta entrenado”. Argumenta también que, aunque parezca poco convincente, el atleta es “fisiológica y psicológicamente diferente del hombre común en la misma medida que lo es un minusválido crónico”. No obstante, este argumento es importante por la manera en que justifica la participación médica, lo que William corrobora al decir: “el uso de formas drásticas para alcanzar un estado físico óptimo causa los mismos trastornos médicos poco convencionales que la juventud y senilidad extremas” (J.G.P Williams, 1962, pp.vii). Se expresa de esta forma la idea, ahora mucho más explícita, de que los atletas requieren de una supervisión médica de rutina, no porque necesariamente tengan alguna patología definida, sino por su condición de atletas. Esta posición se expresa claramente en el prólogo de su libro, escrito por Sir Arthur Porrit quien era entonces el presidente del Colegio Real de Cirujanos de Inglaterra y de la Asociación Británica de Medicina y Deporte. La declaración de Porrit (J.G.P Williams, 1962, p.v) expresaba claramente en qué consistía el proceso de medicalización, y argumentaba que “aquellos que practican deportes y juegan son esencialmente pacientes”. De esta forma, los atletas se convirtieron en un grupo más para añadir a la lista de Ilich y por definición requieren de una inspección médica frecuente, independientemente de la presencia o ausencia de alguna patología específica.

Una consecuencia del desarrollo reciente de la medicina deportiva (y de las disciplinas estrechamente relacionadas con esta como la fisiología del ejercicio, la biomecánica, y la psicología del deporte) ha sido crear métodos tradicionales de entrenamiento para eventos deportivos cada vez más obsoletos. Al menos, en los más altos niveles del deporte amateur y profesional la imagen del atleta dedicado, entrenando solo o con dos colegas no se corresponde con la realidad actual. Por el contrario, el atleta moderno y exitoso se inclina a estar rodeado  y ser cada vez más dependiente ––o por lo menos a tener acceso–– de todo un grupo de asesores y especialistas, incluyendo los de medicina deportiva. Además, esta dependencia de los profesionales de este campo va más allá del tratamiento de las lesiones deportivas. J.G.P Williams y Sperryn  (1976, p.1) señalaron que mientras se produce la práctica para la competencia..... “el deportista (sic) busca métodos sistemáticos de preparación y examina la información científica y técnica disponible sobre cómo el cuerpo ejecuta su función atlética, recurriendo al médico como fisiólogo”.

Uno de los resultados de estos procesos ha sido propiciar que los atletas de alto rendimiento sean cada vez más dependientes de sistemas de asistencia médica más sofisticados en sus intentos de optimizar la eficacia en la carrera, el salto o cualquier otro deporte. Ron Pickering, el último entrenador nacional de la Asociación Amateur de Atletismo coincidió con el primero al plantear en el prólogo de Sport and medicine, de Sperryn (1983, p. Vi) que pocos negarían el hecho de que “la asistencia médica actual es esencial para la realización de la capacidades naturales del atleta en vías de alcanzar un óptimo desempeño”. De hecho, en los más altos niveles de competencia la calidad de los cuidados médicos puede marcar la diferencia entre ganar y perder. La progresiva sofisticación de los sistemas médicos modernos se ilustra en la comparación de Pickering entre el limitado conocimiento científico accesible a los entrenadores al inicio de su carrera y la vasta experiencia que se ganó posteriormente con la experimentación con atletas, “quienes han ofrecido su sangre, sudor, orina, biopsias de tejido muscular; se han sometido a cuestionarios sobre la personalidad, a la inmersión en tanques, y a la toma de fotografías desnudos en tres dimensiones en altitud”. Sin embargo, sería erróneo sugerir que los atletas son simplemente “víctimas” involuntarias del imperialismo médico porque, como destacó de Swaan (1988, p. 246) los profesionales –-en este caso los médicos–– “no se imponen simplemente ante pacientes tontos e ignorantes”. En el caso del deporte, debido a cierta evolución en esta área, particularmente en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, los deportistas se han interesado en buscar la ayuda de todo aquel que pueda mejorar su rendimiento. Probablemente, los más importantes avances acontecidos son aquellos asociados a la politización del deporte, sobre todo a nivel internacional, además de los relacionados con el aumento masivo de los premios, mayormente los materiales, a partir del éxito en este campo. Se puede sugerir que ambos procesos han resultado en el incremento de la competitividad del deporte, influyendo en este la degradación, en términos relativos, de los valores tradicionales asociados a la participación, e intensificando gradualmente el valor de la victoria.

Es importante destacar que a pesar de que esta tendencia progresiva se marcó fundamentalmente en el período de post-guerra es mucho más abarcadora, y constituye un buen ejemplo de lo que Elias (1987, pp. 99-100) definió como un proceso social a largo plazo “oculto” o “improvisado”. Dunning (1986) expresó que esta transformación puede remontarse a dos siglos o más en Gran Bretaña y está asociada a procesos de industrialización y desarrollo del estado. Sin embargo, en el marco de la presente investigación, el trabajo se centra en un breve análisis de acontecimientos relativamente recientes, posteriores a la etapa de 1945.

La politización del deporte

Aunque la relación política-deporte no es un fenómeno exclusivo del período posterior a la Segunda Guerra Mundial ––ejemplo, los Juegos Olímpicos de Berlín, 1936–– existen pocas dudas de que el deporte se volvió cada vez más politizado a partir de 1945. En cierta medida, este proceso se ha asociado al auge de los estados independientes en el África negra y otras regiones. Atletas excepcionales han surgido en varios de esos estados, y sus éxitos internacionales han sido motivo de orgullo para muchas naciones, y para contribuir a establecer la identidad y unidad nacionales de sus gobiernos. Sin embargo, más importante aún fue el surgimiento de los estados socialistas o sociedades comunistas en muchas regiones de Europa Oriental y China en las décadas de 1940 y 1950;  sucesos asociados al surgimiento de la Guerra Fría y de las rivalidades entre las superpotencias. En este escenario, la competencia deportiva trascendió los límites del deporte, el cual ––dentro del contexto de las relaciones Oriente-Occidente–– se convirtió, en cierta medida, en una extensión de la competencia política, militar y económica que caracterizaba las relaciones entre las superpotencias y sus aliados. De esta forma, el balance entre el número de medallas olímpicas ganadas por  Estados Unidos y la Unión Soviética ––actualmente Rusia––, o por las dos Alemanias tuvo un nuevo significado al convertirse no solo en un símbolo de orgullo nacional, sino también de superioridad de un sistema político sobre otro. De modo que esta nueva visión del triunfo deportivo internacional como una importante arma de propaganda para los gobiernos en el conflicto Oriente-Occidente propició que a los atletas ganadores se les considerara héroes nacionales con compensaciones ––muchas veces proporcionadas por los gobiernos.

Deporte y comercialización

La politización del deporte, además de estar asociada al aumento de la competitividad del deporte internacional, se ha facilitado por la creciente comercialización del mismo en el mundo occidental. A pesar de que la obtención de una medalla olímpica ha sido sin dudas un gran honor desde la creación de las Olimpiadas modernas en 1896, en años recientes los reconocimientos no honoríficos ––especialmente los monetarios–– se han incrementado masivamente en estos eventos. Por ejemplo, los atletas de éxito están en la posición de exigir honorarios sustanciales por competir en encuentros importantes, y más aún, de ganar grandes sumas por su participación en comerciales televisivos, patrocinios, y representación de productos. Aunque este proceso parece estar generalizado en las sociedades occidentales, las recompensas financieras por triunfos olímpicos son probablemente mayores en Estados Unidos. El doctor Robert Voy (Stubbs, 1990), médico principal del equipo norteamericano en las Olimpiadas de Seoul 1988, estimó que en esa época el promedio de medallas de oro olímpicas en Estados Unidos tenía un valor estimado de alrededor de 1 millón de dólares por conceptos de patrocinios, propaganda televisiva, y promoción de productos. Sin embargo, señaló que estas fabulosas recompensas estaban disponibles solo para los que obtenían primer lugar, porque “segundos lugares no cuentan”. El énfasis en la victoria también fue aumentado. Según Brooks Johnson, entrenador principal de atletismo de Estados Unidos (Stubbs 1990), este proceso ha resultado en una situación en la cual muchos atletas de clase internacional “despiertan y duermen con el deseo, la necesidad, la compulsión y la obsesión de ganar.... No nos engañemos, un campeón olímpico está clínicamente enfermo”.

La relación deporte-medicina

En esta etapa, puede resultar muy útil resumir el argumento expuesto. Hasta aquí, se ha sugerido que el desarrollo de la medicina deportiva está relacionado con dos procesos fundamentales de cambio social, uno en el mundo de la medicina y otro en el mundo del deporte. El primero es lo que se ha denominado medicalización de la vida o imperialismo médico, mientras el segundo está asociado a la creciente competitividad del deporte moderno y el gradual énfasis concedido a la importancia del triunfo. Más específicamente, se ha sugerido que ciertos sucesos dentro de la estructura de la práctica médica han significado que los profesionales de este campo estén cada vez más aptos para ofrecer sus habilidades y conocimientos a los atletas, quienes al mismo tiempo, como resultado del desarrollo del deporte, están cada vez más ansiosos de acudir a todo el que le brinde una posibilidad de mejorar su rendimiento. El vínculo entre estos dos procesos relativamente autónomos ha sido esencial para el desarrollo de la medicina deportiva. Aunque los orígenes del proceso de medicalización y el del aumento de la competitividad del deporte pueden remontarse a mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, ambos se aceleraron a partir del período de 1945. En esta etapa, la relación entre estos tuvo un mayor impacto en el desarrollo de la medicina deportiva en dos sentidos específicos. El primero, como se expresó anteriormente, resultó en la rápida expansión de lo que era un área relativamente limitada y de menor importancia en el campo del deporte y la medicina antes de 1945. Sin embargo, la creciente vinculación de los médicos con un universo deportivo cada vez más competitivo y orientado hacia el éxito ha tenido un segundo impacto, tal vez menos obvio, en el desarrollo de la medicina del deporte. Esta relación se ha asociado no solo a la rápida expansión del área, sino también a un importante cambio en la orientación de los médicos del deporte, particularmente los directivos insertados en el campo de la investigación que tienen la capacidad de definir el programa de la medicina del deporte y las tendencias fundamentales de su desarrollo. Este último ha estado vinculado a un cambio radical en el origen de la especialidad en la etapa posterior a 1945. Para una mejor comprensión de este aspecto, es necesario remitirse al principio y reexaminar más detalladamente algunos de los hechos fundamentales de este proceso.

Los orígenes de la medicina del deporte

El desarrollo de la medicina del deporte moderna data desde finales del siglo xix y principios del xx. Sin embargo, al remontarse a estos años se corre el riesgo de exagerar la duración del proceso y de errar en la percepción de las interrupciones ocurridas durante su evolución.  En este sentido, es importante señalar que la diferencia entre la medicina deportiva contemporánea y la moderna no está en la amplia gama de información disponible en la actualidad, a pesar de su importancia; sino en el hecho de que en años anteriores, las orientaciones de los investigadores y los problemas que trataban de solucionar eran diferentes de los actuales.

Hoberman, al exponer el trabajo de los precursores de la medicina del deporte entre finales del siglo xix y principios del xx señaló que la investigación del potencial atlético humano no constituía un objetivo fundamental para aquellos que estudiaban el organismo humano en esa época, donde el atleta de alto rendimiento era aún “una curiosidad y no una figura carismática en medio de empresas altamente comerciales como los Juegos Olímpicos” (Hoberman 1992, p.6). El deporte era considerado una actividad más entre otras de interés para el fisiólogo. Como fuente de información fisiológica útil, el deporte ocupaba una posición relativamente humilde dentro de un espectro mucho más amplio de desempeños físicos como la labor manual y el servicio militar. Refiriéndose a esta temprana etapa de desarrollo de la medicina deportiva Hoberman (1992, p. 6) expresó: “la marginalidad científica del deporte en este período, y la falta general de interés en potenciar (contrario a la investigación) el desempeño atlético tiene una singular cualidad premoderna”.

Es importante enfatizar el desinterés general entre los pioneros de la medicina deportiva en fomentar el rendimiento atlético dada la relevancia de esta característica para diferenciar la medicina de entonces de la actual. Respecto a este tema, Hoberman (1992, p. 8) destacó que los científicos desviaron su atención hacia la fisiología del atleta durante finales del siglo xix y principios del xx no para producir milagros atléticos, sino para medir y explorar el prodigio biológico que constituía el atleta de alto rendimiento de esa época. Un científico de ese tiempo escribió: ‘era una época en que los fenómenos una vez considerados simples curiosidades o hechos insólitos de la naturaleza exigían una investigación científica’.

Las personas involucradas en el enfoque experimental del desempeño atlético mostraban poco interés en potenciar el rendimiento. Por ejemplo, el fisiólogo austriaco Oscar Zoth estudió la acción de pedaleo de los ciclistas como un problema dentro de la fisiología muscular sin referirse a la posibilidad de mejorar el desempeño. Igualmente, un fisiólogo norteamericano ofreció en 1903 las bases científicas del calentamiento para los velocistas de carrera corta, sin hacer alusión al aumento de la velocidad en la carrera. Hoberman (1992, p. 10) argumentó sobre el tema: “Resumiendo, el interés fundamental de estos científicos era descubrir las leyes naturales que regulaban el funcionamiento del organismo. Si no estaban interesados en emplear la ciencia para estimular el rendimiento del atleta era en gran medida porque los misterios científicos que descubrieron en el mundo del deporte de alto rendimiento ya eran lo suficientemente interesantes”.

Además de la desmotivación, algunos de los médicos prominentes de la época expresaron su preocupación acerca de lo que ellos consideraban los peligros fisiológicos de la práctica excesiva del deporte ––tanto para hombres como para mujeres––, y por esta razón se opusieron a la búsqueda de nuevos récords en el atletismo”. La carrera deportiva de Philippe Tissié fue de particular importancia. Tissié (1852) era contemporáneo y compatriota de Pierre de Coubertin y probablemente uno de los médicos más trascendentales del fin de siglo. Aunque realizó algunas observaciones innovadoras sobre un ciclista recordista de larga distancia, no era adepto de tales tentativas. De hecho, una de las características que distinguió a este precursor de la medicina deportiva de sus homólogos modernos fue su censura del deporte de alto rendimiento de su época. Tissié se opuso totalmente a la concepción de de Coubertin de que la ruptura de records era un aspecto esencial de la labor del atleta, porque para él las competencias deportivas que de Coubertin fomentaba representaban peligros médicos. El conflicto entre los dos alcanzó un punto crítico en la conferencia de la Asociación Francesa para el Desarrollo de la Ciencia (1894) cuando Tissié salió victorioso en su objeción a la petición de de Coubertin de fomentar los eventos deportivos de campo y pista (Hoberman, 1992, pp. 80-84). La orientación del trabajo de los primeros exponentes de la medicina deportiva ––y en particular, el énfasis en resolver los problemas científicos más que en fomentar el rendimiento atlético–– se puede apreciar en la obra de algunos médicos deportivos destacados durante el inicio del período de interguerra. Por ejemplo, la labor destacada del psicólogo británico y premio Nobel A.V. Hill que se basó en la Universidad de Cornell, donde realizó un análisis del rendimiento atlético como parte de un problema científico de gran envergadura. Sobre el trabajo de Hill, Hoberman (1992, p. 11) señaló: “En el último análisis... y a pesar de su sofisticación psicológica, el enfoque de Hill sobre el rendimiento atlético no difería tanto de la idea de fin de siglo de que el atleta de alto rendimiento era una milagro de la naturaleza ––un fenómeno maravilloso que no necesitaba perfeccionamiento”.

Para resumir las características de la medicina del deporte de fin de siglo Hoberman sugirió:

“Según las normas de nuestra era tecnológica y maníaco-deportiva, las últimas décadas de finales del siglo xix y principios del xx se pueden considerar premodernas en cuanto a las investigaciones fisiológicas del rendimiento humano. El ejercicio atlético y dinámico era una preocupación periférica más que el ideal axiomático en que se ha convertido para muchas personas en diferentes culturas de todo el mundo. Lo que llamamos aptitudes y esfuerzos “deportivos” se contemplaban en el contexto de la plétora de fragilidades y  desempeños humanos, todo lo cual podría estudiarse para ofrecer pistas sobre la naturaleza de la mente y el cuerpo humanos”. (Hoberman, 1992, p.63). Además, Hoberman argumentó: “Los primeros médicos del deporte consideraban el desempeño deportivo al servicio de la fisiología como una información experimental, y no viceversa, poniendo énfasis en el descubrimiento de las leyes fisiológicas en vez de su aplicación al rendimiento atlético”. Sin embargo, en años recientes, el gradual empeño puesto en la victoria y en la ruptura de récords ha cambiado drásticamente la relación entre el rendimiento atlético y la medicina deportiva. Si en los primeros años de este siglo el deporte sirvió los propósitos de la ciencia y no viceversa; actualmente, a diferencia del período anterior, la perspectiva moderna percibe una importancia simbólica en la búsqueda del récord, poniendo la fisiología al servicio del deporte”. (Hoberman, 1992, pp. ix, 78).

En este sentido, es válido expresar que al establecer una conceptualización dicótoma de la relación entre el rendimiento atlético y la medicina deportiva ––ya sea el deporte al servicio de las ciencias médicas o viceversa–– Hoberman exagera. Se pudiera sugerir, por ejemplo, que de la anterior relación los médicos y los deportistas derivan lo que ellos consideran beneficios; de la primera, en términos del creciente conocimiento de la fisiología humana y de la última, en términos de mejores desempeños atléticos. No obstante, Hoberman dirige acertadamente su atención hacia un proceso que, comenzando en algún momento del período de interguerra y acelerándose vertiginosamente en las últimas 3 o 4 décadas–– ha significado un drástico giro en la orientación de la investigación de muchos médicos del deporte destacados por su labor, y un cambio igualmente dramático en la naturaleza de la medicina deportiva como disciplina. Además, este proceso ha implicado un aislamiento general de la situación en la cual los médicos del deporte concibieron este último como una fuente primaria de información para el estudio de la fisiología humana en las primeras décadas de este siglo; y  se mostraban algo desinteresados ––en algunos casos hostiles–– en el intento de establecer nuevos récords atléticos. Por el contrario, en la medida en que estos se han involucrado cada vez más en un mundo donde aumenta la competitividad, igualmente su labor científica se ha vuelto más sólida y significadora debido a la búsqueda del triunfo y tal vez más aún a las acciones para romper récords atléticos. Aunque los precursores de la medicina deportiva de fines del siglo xix y principios del xx no estaban interesados en mejorar su desempeño atlético, en la actualidad esto se ha convertido en una parte fundamental de la medicina del deporte contemporánea.

Estos cambios ocurridos en la estructura de dicha especialidad deben considerarse un problema, pues un análisis del desarrollo y la estructura contemporánea de la misma ––y en particular, de la creciente implicación de los médicos de este campo en la búsqueda por mejorar el rendimiento atlético–– sugiere que existen algunos aspectos de la práctica de la medicina deportiva moderna que dan lugar a ciertos problemas, no solo a nivel sociológico, sino también en términos de consideraciones médicas y éticas. Una de estas áreas implica la relación entre la medicina deportiva y el desarrollo del uso de fármacos estimulantes para el rendimiento. En el marco de la presente investigación surge la inquietud de los problemas sociológicos resultantes de la correlación anterior.

La medicina del deporte y el desarrollo de drogas estimulantes

Una característica más o menos común de todos los libros de texto de medicina deportiva es la inclusión de un capítulo sobre el uso de drogas estimulantes para el rendimiento. Estos capítulos generalmente incluyen información esencial sobre los efectos de diferentes sustancias, sus secuelas y otras complicaciones asociadas a su uso. Asimismo, aconsejan a los fisiólogos sobre cómo identificar el uso ilícito de las mismas por parte de los atletas bajo su supervisión. La percepción pública del profesional de la medicina del deporte como especialista que desempeña un papel fundamental en la lucha contra lo que comúnmente se considera como abuso de drogas está asociada a la inclusión de información de este tipo en libros de dicha especialidad. Sin embargo, un análisis de la relación entre el desarrollo de la medicina deportiva y el desarrollo y uso de drogas sugiere que esta es más compleja de lo que parece, y más aún que la que se expone en tal bibliografía.

Particularmente, el análisis plantea que el creciente vínculo de los profesionales de esta área con el deporte de alto rendimiento, sobre todo desde la década de 1950, los ha insertado en gran manera en la búsqueda del triunfo en los campeonatos, así como en acciones para implantar la ruptura de récords. Esto los ha dirigido no solo hacia el perfeccionamiento de dietas y técnicas mecánicas y psicológicas, sino también ––aunque no se sugiere que siempre han estado conscientes de las prolongadas consecuencias de sus acciones–– a formar parte activa del tratamiento y uso de fármacos. De esta forma se indica que, lejos de ser un baluarte en la lucha contra el uso de drogas en el deporte, la medicina deportiva ha sido uno de los principales contextos en los cuales estas sustancias se han creado y usado. En este sentido, se puede decir que el desarrollo de técnicas y sustancias estimulantes es una parte integral de la reciente historia de la medicina del deporte. Resulta válido analizar este aspecto de la evolución de esta especialidad más detalladamente mediante tres casos de estudio ilustrativos: la relación entre la medicina del deporte y el uso de drogas en algunos de los antiguos países comunistas de Europa Oriental; el temprano desarrollo y uso de los esteroides anabólicos en Estados Unidos; y el desarrollo de la técnica conocida como “dopaje de sangre”.

La medicina del deporte y el uso de drogas en europa oriental

Durante muchos años, antes del colapso del régimen comunista en Europa Oriental, surgió la sospecha general entre los observadores occidentales de que los triunfos extraordinarios de algunos atletas de gran parte de esta región, particularmente del este de Alemania y la Unión Soviética (actualmente Rusia), estaban mayomente asociados al uso de estupefacientes. Luego del colapso de esos regímenes, se ha podido acceder a más información y confirmar que las personas asociadas a instalaciones médicas de algunos países del bloque soviético usaban estos fármacos sistemáticamente para obtener medallas olímpicas.

Es importante reconocer que existían grandes diferencias entre los antiguos países comunistas de Europa Oriental y sería erróneo asumir que el uso de drogas estimulantes era un fenómeno común en todos ellos. En este contexto, debe destacarse que aunque en algunos países como los de la antigua Alemania Oriental y la Unión Soviética el deporte constituía una forma de obtener reconocimiento y prestigio internacional, otros países comunistas ––entre los cuales Albania es tal vez el ejemplo más extraordinario––, se caracterizaban por su poca participación en el competencias deportivas internacionales. Y no existen razones ni pruebas para asumir que  los atletas de estos países abusaban de este tipo de drogas. Además, sería absurdo afirmar que los sucesos ocurridos con los atletas alemanes y soviéticos se pueden explicar solamente en términos del consumo de dichas sustancias, pues en ambos países existía un sistema muy desarrollado de control de talentos, donde los médicos del deporte monitoreaban todos los aspectos del entrenamiento y la conducta de los atletas de élite mediante un sistema de medicina deportiva altamente sofisticado. No obstante, es evidente que el uso sistemático de drogas era parte integral de los sistemas de estos estados. James Riordan, probablemente el especialista occidental más calificado en deporte en la antigua Unión Soviética, señaló: “No debería sorprender que por la mentalidad de “ganar a cualquier precio” que llegó a dominar las administraciones deportivas en algunos países de Europa Oriental se llevó a cabo la producción, experimentación, control y suministro estatal a largo plazo de drogas estimulantes en atletas entre 7 y 8 años de edad”. (Riordan, 1994). Además, Riordan (1991, p. 122) sugirió que tales prácticas han proyectado “una sombra sobre el papel de la medicina del deporte, o al menos la parte de esta que trabaja para producir atletas cada vez más rápidos, fuertes y hábiles–– sin importar el sacrificio”.

Tal vez no existe la manera de documentar detalladamente las múltiples formas en las que los miembros de las instalaciones de medicina del deporte en la Unión Soviética y Alemania Oriental se involucraron con el uso de estos fármacos. Lo importante es que tal práctica era una rutina sistemática de la política deportiva de estos países y que involucraba a todo tipo de profesionales, incluyendo el “entrenador-farmacólogo”, los médicos deportivos, y los ministros gubernamentales. Por ejemplo, en Alemania Oriental la administración de drogas a los atletas para mejorar el rendimiento involucraba al personal de varias entidades, entre las cuales se encontraba el Colegio Alemán de Cultura Física (DHfK), el Instituto de Investigación para la Cultura Física y el Deporte (FKS), el Instituto Central de Microbiología y Terapia Experimental (ZIMET), la Compañía Farmacéutica Jenapharm VEB, el Instituto Central para los Servicios de Medicina del Deporte, el Laboratorio Central de Control de Doping en Kreischa, el Instituto de Medicina de Aviación, y el Ministerio de Salud de Berlin Oriental. Según Hoberman (1992, p. 222) una “Comisión de Medicina del Deporte aprobó nuevas instrucciones de dopaje dirigidas a los entrenadores y médicos deportivos que  podían distribuir las drogas y a menudo reclamaban un voto de silencio por parte de los atletas”.

Igualmente se reveló en 1989 que 7 años antes en la Unión Soviética, dos ministros del deporte en función habían firmado un documento recomendando los esteroides anabólicos como necesarios para la preparación de los esquiadores soviéticos que cruzaban el país, y  con este fin establecieron un programa para medir los efectos de los mismos y buscar nuevas formas de evitar su detección. (Riordan, 1991, pp. 122-123)

Según Riordan, “el consumo de drogas estaba totalmente sindicalizado e implicaba a ciertos sectores de instalaciones de medicina deportiva; ningún atleta estaba autorizado a viajar al extranjero a menos que él o ella tuviera un documento de autorización de algún dispensario de medicina del deporte antes de partir. Actualmente se reveló que en las Olimpiadas de Montreal (1976) y Seoul (1988) el equipo soviético utilizó un barco de recepción como un centro médico para comprobar que los competidores soviéticos estuvieran “limpios” en el momento antes de competir”. (Riordan, 1991, p. 123)

Es importante enfatizar que el uso de drogas por parte de los atletas de Alemania Oriental y la Unión Soviética no era un suceso ajeno al conocimiento o aprobación de las personas asociadas a las federaciones deportivas e instalaciones de medicina del deporte de esos países. De hecho, estas sustancias eran suministradas por el gobierno y todos los aspectos del desarrollo de los atletas- incluyendo la provisión de drogas- eran supervisados y monitoreados por especialistas en medicina deportiva. Por consiguiente, en el escenario deportivo de algunos de los antiguos países comunistas de Europa Oriental el desarrollo y uso de estupefacientes no se puede separar de la evolución de la medicina deportiva, pues un suceso formó parte integral del otro. El uso de fármacos se consideraba simplemente una parte del arsenal científico que incluía aspectos como la dieta, la fisiología del ejercicio, la biomecánica, y era además accesible a los médicos del deporte en sus esfuerzos por facilitar la obtención de medallas olímpicas.

El desarrollo y uso de esteroides anabólicos en los Estados Unidos

A inicios de la década de 1950, existían rumores persistentes sobre el hecho de que los científicos del deporte en la Unión Soviética habían experimentado con el uso de la testosterona para potenciar el rendimiento de los atletas soviéticos. La validez de estos rumores se confirmó por la evidencia obtenida por el Dr. John Ziegler, líder del equipo norteamericano en el Campeonato Mundial de Halterofilia de Viena 1954. De regreso a Estados Unidos, Ziegler probó testosterona en él, en el entrenador de halterofilia de Estados Unidos Bob Hoffman y en varios halterófilos de la Costa Este, y quedó impresionado por los efectos anabólicos y sobre la masa muscular de la testosterona; aunque le preocupaban sus secuelas. Según el Dr. Robert Voy,  “en un intento por ayudar a los atletas occidentales para competir de forma más eficaz contra los soviéticos que usaban testosterona, y en un esfuerzo para reducir los efectos secundarios perjudiciales de esta hormona ––como el acné, la pérdida del cabello, el aumento de la próstata, y  la contracción de los testículos–– el Dr. Ziegler ayudó a la Compañía Farmacéutica CIBA en la fabricación del Dianabol o, en términos genéticos, methandrostenolona”.  (Voy, 1991, p. 9)

Al ser creada por la CIBA, la droga no estaba dirigida al uso de los atletas, sino para el tratamiento de pacientes con quemaduras y algunos en estado postoperatorio. Sin embargo, como Todd (1987, p. 94) señaló el Dr. Ziegler  “tenía otros intereses y el uso que le concedió al Dianabol fue esencial en la propagación de las sustancias anabólicas en el deporte”. Con la cooperación del entrenador nacional de halterofilia, Ziegler persuadió a tres pesistas para que usaran esta droga. Casi inmediatamente, se produjo un rápido incremento de la fuerza y masa muscular en cada uno de ellos, y cuando se acercaron al nivel de récord mundial sus homólogos se interesaron por saber cómo ocurrió este vertiginoso avance. No tardó mucho en revelarse el papel del Dianabol en el éxito de los tres atletas, quienes para ese entonces ya eran campeones nacionales. Voy (1991, p. 10) expresó: “Con la introducción del Dianabol a finales de la década de 1950, comenzó el uso de los esteroides anabólico-androgénicos”; y añadió que estos “alcanzaron una rápida popularidad”. De hecho, los esteroides anabólicos tuvieron tan rápida aceptación entre los atletas norteamericanos que, hacia el año 1968, el Dr. Tom Wadell, quien obtuvo el sexto lugar en al competencia de decatlón de las Olimpiadas de México de ese año, estimó que un tercio del equipo norteamericano de campo y pista había usado esteroides durante el entrenamiento pre-olímpico en Lake Tahoe (Todd, 1987, p. 95).

De acuerdo con el criterio de ambos Voy y Todd, Ziegler desempeñó un papel fundamental en la creación de “un clima de grandes expectativas en el cual los atletas comenzaron a probar fuerza, impulsados por un creciente despliegue de fármacos” (Todd, 1987, p. 94). A mediados de 1980, Ziegler era reconocido, irónicamente, por su labor protagónica en el desarrollo y uso de esteroides anabólicos en nombre de una compañía de negocios de California llamada el Club de Fans de John Ziegler que enviaba esteroides a los atletas a través del correo (Todd, 1987, p. 104).

Como se expresó anteriormente, no se sugiere que los médicos del deporte que se han involucrado en la búsqueda de fármacos estimulantes estuvieran plenamente conscientes de las posteriores consecuencias de sus acciones, las cuales, como todas las acciones humanas, están condicionadas por un complejo sistema de relaciones del que probablemente tengan un conocimiento limitado. Voy (1991, p. 10) destacó que cuando Ziegler supo de las grandes dosis consumidas por algunos atletas, “se dio cuenta del error que había cometido al contribuir a la introducción de estas drogas en la comunidad atlética. Fue casi una analogía deportiva con el caso del Dr. Frankestein. Poco después del éxito del Dianabol en el mercado, el Dr. Ziegler supo que había creado un monstruo, hecho que lamentó por el resto de su vida”.

Es significativo enfatizar que no es posible excluir a Ziegler de los límites de la medicina deportiva ortodoxa y considerarlo como un farsante inmoral o médico deshonroso. En este sentido, es importante coincidir con Voy en que en los años 1950 y 1960, medicarse para mejorar el rendimiento no se consideraba poco ético y no iba contra las reglas de ningún deporte de competición; y por tanto, no existían regulaciones antidoping. En este período, los médicos tenían acceso a drogas más efectivas en el tratamiento de los pacientes ––fundamentalmente antibióticos––y estos últimos eran cada vez más conscientes de las posibilidades terapéuticas ofrecidas por los nuevos medicamentos. Estados Unidos era, como dijera Voy,  “una sociedad en la que apenas comenzaba a desarrollarse la era del consumo de píldoras”; y en este contexto, no resulta sorprendente que tanto médicos como atletas acudieran a la industria farmacéutica con la esperanza de mejorar su rendimiento, así como otros aspectos de la vida cotidiana. En este sentido, las acciones de Ziegler no deben contemplarse como las de un fanático idiosincrásico o un farsante desacreditado, sino simplemente como las de un profesional de la medicina deportiva cuya relación con la creciente competitividad del deporte moderno lo condujo ––igual que a muchos otros médicos–– a la búsqueda de drogas estimulantes, un suceso que en esa época se creía legítimo y luego se le consideró como un medio de cometer fraude.

Por supuesto, es objetable el hecho de que los dos casos de estudio citados anteriormente sean atípicos y, por consiguiente, no revelen mucho sobre la relación entre el desarrollo de la medicina deportiva y la búsqueda y uso de estupefacientes. De este modo, se puede argumentar que los ejemplos de esta especialidad relacionados con los regímenes comunistas totalitarios que existieron en Europa Oriental eran “anormales”, y por tanto, inútiles para el análisis del desarrollo de la medicina del deporte en las democracias liberales de Occidente. Lo mismo sucede con el caso de estudio del Dianabol que, aunque asociado a una democracia liberal, también pertenece a un período donde el uso de sustancias no estaba prohibido. En ese entonces, la situación difería mucho de la actual, donde existen leyes muy explícitas que prohíben el uso de tales drogas. Sobre esta base, se puede alegar que la situación relacionada con el desarrollo del Dianabol dista de ser un simple “infortunio”, un incidente aislado, y no de un hecho que podría repetirse hoy en día. En el marco de posibles objeciones de este tipo, el tercer caso de estudio ––el desarrollo de la técnica conocida como dopaje de sangre–– es en especial revelador.

Dopaje de sangre

El dopaje de sangre no es una técnica que implica la administración de drogas, sino la extracción de sangre a un atleta, la que se almacena y luego se inyecta al mismo. Esta extracción estimula la médula ósea para formar nuevos glóbulos rojos y la sangre regresa a su estado normal entre las 10 y 12 semanas después. La sangre almacenada se transfunde al atleta dos días antes de la competencia, el excedente de glóbulos rojos aumenta la capacidad de la sangre de transportar oxígeno y por tanto la cantidad de este adecuada para los músculos.

Aunque hacia 1940 se realizaron los primeros trabajos acerca de esta técnica, no fue hasta mucho después que se le relacionó con el deporte. Las primeras investigaciones sistemáticas para analizar los efectos del dopaje de sangre en la capacidad de resistencia y rendimiento las realizó el profesor Bjorn Ekblom y sus colegas del Instituto de Fisiología del Rendimiento de Estocolmo, Suecia a finales de la década de 1960 y principios de 1970. Al principio, reportaron aumentos significativos en la máxima obtención de oxígeno y alegaron que el dopaje de sangre estaba asociado a importantes avances en el rendimiento (Donohoe & Jonson, 1986, pp. 116-117).

En los años de 1970 y principios de 1980 algunos médicos deportivos y especialistas de esta área emprendieron estudios similares con el objetivo de descubrir si el dopaje de sangre era una vía verdaderamente eficaz para mejorar el rendimiento. Y a pesar de encontrar algunas contradicciones con respecto a estudios anteriores, finalmente, hacia 1980 se llegó al consenso de que una vez llevado a cabo de forma adecuada, el dopaje de sangre era una técnica efectiva para promover la máxima obtención de oxígeno y la capacidad de resistencia (Gledhill, 1982; Williams, 1981).

Además, una revisión de los hallazgos contradictorios condujo a realizar un perfeccionamiento considerable de la técnica. Por ejemplo, se sugirió que la deficiencia de algunos de estos estudios en la búsqueda del aumento del rendimiento después de la transfusión estaba asociada al uso de cantidades de sangre inapropiadas, a la prematura reinyección de la misma luego de la extracción, o a métodos incorrectos de almacenamiento. En este sentido, los especialistas en medicina deportiva indicaron que para lograr el máximo impacto en la intensificación del rendimiento atlético se requería inyectar una cantidad mínima específica de sangre, establecer un intervalo determinado entre la extracción y la inyección, y almacenar la muestra en condiciones congeladas en vez de refrigeradas para evitar la pérdida de glóbulos rojos en sangre (Gledhill, 1982).

Fuera del contexto de la medicina del deporte, se produjo un difundido interés en el dopaje de sangre alrededor de los años 1970 cuando algunos comentaristas sugirieron que al corredor finlandés Lasse Viren ––doble medallista de oro en las Olimpiadas de 1972 y 1976–– se le había aplicado esta técnica. Viren negó rotundamente la sugerencia alegando haber bebido solo leche de reno. El interés público y mediático se reavivó cuando, luego del espectacular suceso del equipo de ciclismo en las Olimpiadas de Los Ángeles 1984–– los Estados Unidos, que no había ganado una medalla Olímpica en esta disciplina desde 1912, dominó las competencias en los Juegos de 1984 ganando un total de 9 medallas, entre ellas 4 de oro–– se reveló que a varios miembros del equipo se les había aplicado esta técnica (Cramer, 1985; Pavelka, 1985; Weaver, 1985). Luego de estas revelaciones, el Comité Olímpico Internacional (COI) declaró ilegal esta técnica y destinó fondos para financiar una investigación sobre el desarrollo de métodos para detectar la práctica del dopaje de sangre (Collings, 1988).

Es importante destacar que, al considerar la evolución de esta técnica desde inicios de 1970, la investigación que demostró la eficacia del dopaje de sangre como un método para aumentar el desempeño atlético y que además propició un considerable perfeccionamiento del mismo se llevó a cabo por médicos deportivos y expertos de esta especialidad. Los mismos no deben ser calificados de perpetradores que indagaron en las fronteras ilegítimas de la medicina del deporte y fueron rechazados por sus colegas más respetables; sino como profesionales honorables trabajando en las directrices de la medicina deportiva cuya investigación se publicó, no clandestinamente sino en diarios convencionales de esta especialidad.

Desde el punto de vista sociológico, lo que se puede denominar ”la carrera moral” del dopaje de sangre es realmente interesante porque, en dos décadas, aquello que en un principio se consideró un área de investigación formalmente legítima para la búsqueda de mejores métodos que fomentaran el rendimiento atlético por parte de los médicos del deporte se ha convertido en un medio de fraude que está prohibido por regulaciones antidoping establecidas por el COI. Un breve análisis del cambio de estatus del dopaje de sangre, de práctica legítima a ilegítima, es particularmente revelador en términos de una relación armónica entre la medicina del deporte y el uso de estupefacientes y técnicas estimulantes.

Un examen de la primera literatura sobre el dopaje de sangre sugiere que los médicos del deporte suponían esta práctica como una de las tantas técnicas basadas en la ciencia que podían estimular el rendimiento atlético. Además, tenían entonces un limitado conocimiento de la posibilidad de convertirla en un modo de fraude. Por ejemplo, en Sports Medicine, de J.G.P Williams y P. N. Sperryn (1976) ––uno de los libros británicos más notorios–– aparece solo esta breve referencia del dopaje de sangre: “Se pensaba que una reinyección experimental a sujetos con sus propios glóbulos rojos luego de un intervalo de cuatro semanas mejoraría el rendimiento; sin embargo, posteriores estudios avanzados han negado esta suposición. Con vistas a los peligros inherentes a todo el proceso de la transfusión sanguínea es improbable que puedan esperarse desarrollos posteriores”. (p. 158)

No obstante, su imprecisión sobre futuros resultados en el pronóstico no es inquietante; lo interesante resulta su falta de previsión ante la posible interpretación de esta práctica como un medio de fraude. Este hecho se corrobora al ubicarse el estudio del dopaje de sangre no en el capítulo de doping, sino en uno titulado “Aspectos Médicos Generales del Deporte”; en el cual la breve referencia a esta técnica se encuentra en la sección “Riesgos del Ejercicio” que está relacionada con temas como la revisión médica general, inoculación, exámenes clínicos de rutina, evaluaciones fisiológicas, infecciones, sexo, y afecciones de la piel. Se puede concluir entonces que Williams y Sperryn solo consideraron el tema del dopaje de sangre como parte de los “Aspectos Médicos Generales del Deporte” y no en relación directa con el doping. Lo cual puede sugerir que lo concibieron como un área legítima de investigación y desarrollo para los profesionales de medicina deportiva - aún cuando, en su opinión, no era un terreno próspero.

Siete años después, el volumen Sport and Medicine, de Sperryn (1983) incluyó un debate ligeramente extenso sobre el dopaje de sangre, aunque aún sin contemplar esta práctica como posible modo de fraude. Luego de una breve discusión sobre algunos de los aspectos técnicos del dopaje de sangre, Sperryn concluyó: “Para resumir, mientras este método es teóricamente interesante, su práctica debe ser extremadamente difícil de regular de forma eficiente y certera bajo todas las tensiones de la competencia atlética y, con vistas a todas las condiciones expuestas, es poco probable de masificarse”. (1983, p. 27)

Una vez más, la preocupación no es si la predicción de Sperryn sobre el uso del dopaje de sangre fue correcta ––ocurrió un año antes de que el equipo de ciclismo de Estados Unidos la empleara para lograr tan buenos resultados––, sino la ausencia de cualquier consideración de su servicio como forma de fraude. En este sentido, Sperryn rechaza esta práctica, no solo porque la considera contraria a la política de “jugar limpio”, sino por ciertas dificultades técnicas al emplearla “bajo todas las tensiones de la competencia atlética”. Una vez más es importante destacar que esta reflexión se ubica en el capítulo de “Sistemas Cardiovascular y Respiratorio” del libro de Sperryn, y no en el de doping.

Dada la fecha de publicación del libro, es tal vez sorprendente el hecho de que su autor no se haya referido a algún aspecto ético del dopaje de sangre, debido a que en los años 1970 y 1980, los médicos del deporte ya se preguntaban con frecuencia si esta técnica, que ellos habían iniciado, suscitaría polémica en cuanto a la ética y los conceptos de justicia y fraude. Sin embargo, es necesario enfatizar que este comportamiento era típico de muchos otros investigadores, sobre todo en los años de 1970. No obstante, se pueden destacar dos trabajos sobre el dopaje de sangre llevados a cabo por Viderman y Rytömaa (1977), y M. H. Williams, Lindhjem, y Schuster (1978) que sí plantearon cuestiones de ética. Pero en dichas investigaciones, estas cuestiones no se refirieron al fraude o la justicia en el juego, sino a asuntos muy diferentes como son los relacionados con las consecuencias bien fundadas que se suscitan cuando los seres humanos son utilizados con fines experimentales.

Sin embargo, a finales de 1970 y principios de 1980 era cada vez más común entre los investigadores la discusión del uso del dopaje de sangre no solo como técnica sino como posible método de fraude (Gledhill 1982; Gledhill & Froese 1979; M. H. Williams, 1981). No resulta insólito que los autores de ese tiempo encontraran esta cuestión difícil de resolver, pues con el entrenamiento de altura ––práctica permitida por los organismos rectores del deporte (Gledhill & Froese, 1979, p. 25)–– se podría obtener un efecto similar al alcanzado mediante el dopaje de sangre. M. H. Williams (1981, p. 61) concluyó su breve debate acerca de los aspectos éticos haciendo un llamado a dichas instituciones para considerar el asunto: “Porque es un método eficaz para mejorar el rendimiento de la carrera de distancia, los diferentes organismos rectores deben determinar su lugar en el deporte mundial”.

Era evidente que en esta época el estatus del dopaje de sangre estaba cambiando; de ser inicialmente una práctica que suscitaba solo cuestiones técnicas se había convertido en una de incierta condición ética. Sin embargo, aún no estaba claramente establecida como una forma de fraude.

La fase más reciente del dopaje de sangre se produjo por la decisión del COI de prohibir esta técnica después de los Juegos Olímpicos de 1984. Una vez declarada ilícita,  la visión de esta práctica como medio de fraude se estableció rápidamente como la ortodoxia de los especialistas en medicina deportiva. De esta forma, en 1987, el Colegio Norteamericano de Medicina del Deporte emitió una declaración de principios en la cual expresaba que “el Colegio Norteamericano de Medicina del Deporte considera el uso del dopaje de sangre como una ayuda ergogénica para la competencia atlética poco ética e injustificable” (1987, p. 540). El siguiente año Dirix, en el Libro Olímpico de Medicina del Deporte, expresó que los procedimientos involucrados en el dopaje de sangre “transgreden la ética de la medicina y el deporte” (1988, p. 674).

Por otro lado, aún existían puntos de vista escépticos como el expresado por Nuzzo y Walter en 1988, quienes recordaron a sus lectores que el entrenamiento a grandes alturas puede provocar un incremento de los glóbulos rojos, y sugirieron que esto podría constituir una desventaja para aquellos atletas que entrenan a poca altura. Y preguntaron además: “¿se debe permitir el dopaje de sangre para igualar las concentraciones de glóbulos rojos en todos los atletas?” (1988, p. 148).

No obstante, en esta época estos criterios eran poco usuales; siendo mucho más comunes los expresados por Eriksson, Mellstrand, Peterson y Renström (1990, p. 383) y los de Cowan (1994, p. 327) quienes no solo hicieron eco de las palabras de Dirix, sino que expresaron las suyas al precisar: “Estos procedimientos transgreden la ética de la medicina y el deporte” (Mottram 1988, p. 23); igualmente sostuvo que “Además de atentar contra la ética del deporte y la medicina, este procedimiento implica un tremendo riesgo para aquel que lo recibe”. Macauley (1991, p. 83) en su libro publicado por el Consejo Deportivo de Irlanda del Norte describió la técnica del dopaje de sangre y luego señaló, “por supuesto, está prohibida”, como si esta práctica fuera una forma de fraude tan evidente que sería difícil admitir que alguna vez hubiera sido problemática. La posición de Wadler y Hainline fue aún más sofisticada al declarar que el dopaje de sangre “es única en cuanto a la incapacidad de detectar su uso, lo que aparejado con su evidente potencial ergogénico demanda del atleta individual una decisión moral y ética más profunda”. Como sucede con otros métodos y drogas de engaño  que están siempre disponibles, el atleta debe elegir entre acogerse a la esencia y significado del deporte u obtener la victoria a cualquier precio” (1989, p. 176). Aunque el argumento es más sofisticado, el mensaje es el mismo: practicar el dopaje de sangre es cometer fraude.

Como resultado de todos estos sucesos, se había establecido una nueva ortodoxia moral con respecto al dopaje de sangre a finales de 1980. En estos años, los médicos deportivos, asumiendo el papel no solo de expertos sino de “policías” morales con la responsabilidad de educar a los atletas en la ética y los peligros médicos de usar sustancias o técnicas prohibidas, les inculcaban de forma precisa que practicar el dopaje de sangre era un delito y por tanto no debían hacerlo. Es lógico suponer que al advertirles por su integridad física, no revelaban la identidad de los que habían desarrollado y perfeccionado esta técnica. En este sentido, tal vez no resulte sorprendente la tarea de los facultativos de ignorar ciertos aspectos de la historia del dopaje de sangre. Un ejemplo evidente es las palabras de Bob Goldman en Death in the Locker II al expresar: “Algunos atletas harán lo que sea necesario para mejorar su resistencia y rendimiento “(Goldman y Klatz, 1992, p. 203). Las palabras de Goldman podrían implicar que el atleta es el único culpable del uso del dopaje de sangre, suscitando la suposición de la participación del mismo en el desarrollo de esta técnica y no la de sus colegas de medicina deportiva.

Conclusiones

Un aspecto esencial en el argumento de este trabajo es el hecho de que, aunque los especialistas en medicina deportiva son frecuentemente considerados expertos que desempeñan un papel de vanguardia en la lucha contra el abuso de drogas en el deporte, un análisis más concreto del desarrollo de esta especialidad sugiere que la relación entre la misma y el uso de drogas es más complejo.  En este sentido, se sugiere que los médicos del deporte, en la búsqueda por romper record y obtener el triunfo en las competencias, especialmente a partir de 1945, se han involucrado cada vez más no solo en la exploración de dietas y métodos de entrenamiento más avanzados, sino también en el desarrollo y uso de drogas y técnicas estimulantes, algunas de las cuales se han definido posteriormente como formas de fraude.

Una implicación importante de este análisis es que, si se desea comprender los procesos pertinentes a lo que es casi un incremento evidente del uso prohibido de sustancias estimulantes por los atletas en los últimos años, entonces, como certeramente expresó Armstrong (1991) “necesitamos cambiar nuestro enfoque de lo que hasta ahora ha sido una concentración casi exclusiva en los atletas, y examinar más detenidamente los sistemas de relaciones en los cuales estos se desarrollan”. Evidentemente, una situación como esta infiere un análisis más profundo sobre las relaciones entre los atletas y los especialistas de medicina deportiva.

Cramer, en su reporte sobre el uso del dopaje de sangre por el equipo de ciclismo norteamericano en las Olimpiadas de 1984, determinó verazmente el estrecho vínculo entre la medicina del deporte, la ciencia del deporte y el desarrollo de lo que se ha considerado técnicas drogas ilícitas al exponer:

“En medio de la euforia nacional posterior a los juegos, nadie pensó en indagar en secretos. El equipo de Estados Unidos había ganado nueve medallas, dominando los eventos de ciclismo. La prensa declaró al reportar la cadena de palmaditas alentadoras: “Grandes ciclistas”. “Magnífico entrenador”…”Extraordinarias bicicletas”. Nadie consideró agregar: “Excelentes médicos”. (1985, p. 25)

En 1988, la revista médica británica The Lancet publicó un artículo titulado Sports Medicine- Is There Lack of Control? , el cual sugirió que aunque “la evidencia de la implicación directa de los especialistas en medicina del deporte en la obtención y administración de hormonas es insuficiente, su complicidad con aquellos que sí participaron en este hecho es obvia; igualmente debe tenerse en cuenta su implicación en el dopaje de sangre”. El artículo concluyó: “Los miembros de la profesión médica se han preocupado desde hace mucho tiempo por la salud y el bienestar de los deportistas, pero nunca su participación ha sido tan intensa. Cada vez aumenta la evidencia del creciente interés de algunos por encontrar nuevas formas de aumentar el rendimiento de aquellos bajo su cuidado, más que por su óptima condición física. Seguramente, se tomarán medidas inmediatas para frenar las actividades de los pocos médicos que ejercen dentro de los límites de la ética colocando la medicina deportiva al amparo de una organización reconocida dentro de un programa de entrenamiento profesional acreditado”.

Con este comentario, The Lancet comenzaba a inclinarse hacia un entendimiento más adecuado de la relación entre la medicina deportiva y el desarrollo y uso de drogas estimulantes. Sin embargo, en un ámbito más amplio, el artículo no llegó a un consenso conveniente en cuanto a una dimensión importante de esta relación. La revista no manifestó la comprensión de un aspecto esencial de la medicina deportiva moderna al sugerir que la búsqueda deformas nuevas, y por tanto, poco éticas, de mejorar el rendimiento deportivo se limitaba a “la labor de algunos médicos audaces”. El argumento fundamental de este trabajo ha sido la creciente participación de los especialistas en medicina deportiva en el deporte de alto rendimiento, lo cual ha significado que la indagación por sustancias estimulantes y nuevas técnicas ––resultando en la creación de algunas cuyo uso se considera poco ético–– no se limita a un grupo de médicos transgresores. Por el contrario, se ha convertido en una parte cada vez más importante de la labor de estos profesionales. En este sentido, lo que The Lancet planteó como un problema pertinente a la falta de control de esta especialidad, no concierne en lo absoluto los límites de la misma; sino, por el contrario, se remite a su más intrínseca naturaleza.

Notas

¹Patricia Vertinsky (1990) ha documentado algunas consideraciones médicas de finales del siglo xix sobre los tipos de actividad física apropiados para mujeres y niñas. En ellas señala que tales consideraciones se realizaron para justificar ciertas prácticas que “diagnosticaban y/o limitaban los niveles de actividad física y restringían las oportunidades deportivas para las féminas” (p. 1). La preocupación de Tissié con lo que él estimó los peligros fisiológicos del exceso de ejercicio no se limitaba solo a las mujeres, también involucraba a los hombres.

²Todd (1987, p. 93) sugiere que Ziegler obtuvo esta información en el Campeonato Mundial de Halterofilia, 1954; mientras Voy (1991, p. 8) alega que la obtuvo mientras era miembro del personal médico del equipo de Estados Unidos en el Mundial de Moscú, 1956. Ambos autores coinciden en su posterior participación en el desarrollo y uso de los esteroides anabólicos.

Agradecimientos

Quisiera agradecer a mis colegas Eric Dunning, Patrick Murphy, Ken Sheard, Dominic Malcom, Martin Roderick, and Julian Harrison por sus valiosos aportes en versiones anteriores de este trabajo.